La solana es una revista que se edita en Villarramiel (revista comercial del centro de acción social Villarramiel) y que recoge la actualidad de los pueblos que están en Tierra de Campos, entre ellos Frechilla.
De la última publicación de esta revista(nº 28Agosto del 2005), hemos transcrito el artículo llamado Leyenda de un pueblecito llamado Pozuelos
En el número 26 (Agosto de 2004) nos encontramos estos artículos que Jesús Palacios nos ha transcrito para que lleguen al máximo número de personas.
Amargacenas
La Redondilla
San Juan de Ortega
Nuestro agradecimiento a Santi Novoa por facilitarnos todos los datos que le hemos solicidado.
Dice un viejo refrán castellano: "En abril cena el mozo sin candil..., y en mayo el mozo y el amo"
En otro tiempo, cuando el mundo rural se alumbraba a la luz de las velas y los candiles; cuando no se conocía ni la electricidad, ni algunas de las inciertas comodidades de las que hoy nos hemos rodeado, el hombre del campo –obligado por la luz solar, las faenas del campo y los fenómenos de la naturaleza-, ajustaba su ritmo de vida a ellos, que imponían su lógica y su poder.
Desde el inicio de la primavera y hasta el otoño, cada tarde, a la puesta del sol, una vez finalizadas las tareas del campo, los habitantes de los pueblos acostumbraban a cenar a la intemperie, en el corral o en el patio de la casa, rodeados de las últimas gallinas que picoteaban las migas del suelo, remisas a ir al gallinero, y el perro fiel a los pies de su amo. Tras la cena, la tertulia – que surgía tan natural y espontánea como liar un caldo o beber el último vaso de vino -, se prolongaba hasta la hora de acostarse, y en su transcurso se iban comentando los trabajos y faenas del día, los sucesos cotidianos de la casa y del pueblo, o en ocasiones se aprovechaba para contar alguna vieja historia, cuentos propios de la estación, en algunos casos –dependiendo de la devoción de la familia, de la época del año o de la aflicción por la muerte de algún familiar próximo- se solía rezar el rosario.
En ese tiempo, ya caluroso, era agradable el incipiente fresco que auguraba la proximidad de la noche, cuando los vencejos realizaban los vuelos rasantes y llenaban con sus graznido el vacío dejado por gorriones, palomas, gallos y gallinas, y el reposar sosegado y la conversación pausada sobre los episodios de la jornada, hacían de ese momento el de disfrute más placentero de las gentes del campo.
Pero ese grato frescor se tornaba día si, día no, en desapacible e intempestivo viento, vendaval a veces, que arruinaba las cenas al aire libre; circunstancia por la cual recibía, supongo, el nombre de "amargacenas".
En testimonio y como recuerdo, a ese viento que tantas noches de mi infancia me atemorizó, por el presagio y tufo a desgracias que entrañaba su arrastrar sombrío de negras nubes de tormenta, doy titulo a este relato y que se sepa de su existencia en los hoy olvidados y solitarios pueblos de Tierra de Campos.
Alfredo Castro Castro
Baile frechillano por excelencia. Pero, ¿es un baile absolutamente
nuestro?, o ¿se baila en otros pueblos?. Empezaré a decir que
todos los forasteros que acuden a las Fiestas Patronales de Frechilla
quedan admirados ante esta danza que nunca en otro sitio han visto bailar.
Es de auténtico sabor folklórico. Parece una pantomima primitiva
de asunto amoroso. No pretendo atribuir a mi pueblo la paternidad de su música,
pero tiene una gran diferencia con los antiguos bailes de rodó, es decir,
de las antiguas ruedas castellanas.
Se baila por parejas, formando corro, los hombres por dentro, y las mujeres
por fuera. Tiene dos partes bien diferenciadas en cuanto a música, ritmo
y cadencia se refiere.
En la 1ª parte se inicia el baile por ambos bailadores al mismo tiempo,
al compás de 3 por 8, animado, hacia la derecha del hombre dando un primer
paso cruzado, el segundo deshaciendo y el tercero quedando los pies unidos al
retroceder el adelantado, haciendo al mismo tiempo un giro con el cuerpo de
noventa grados. Seguidamente vuelven los cuerpos hacia el lado contrario, con
los mismos movimientos de pies en cuatro pasos de cruce y descruce. Esto se
repite terminando con una rápida vuelta sobre sí mismos, quedando
así, otra vez, frente a frente.
Ahora llega el estribillo con el mismo compás, pero más vivo,
los cuerpos siguen moviéndose de izquierda a derecha, y el trenzado y
destrenzado de pies, adquiere una velocidad gradual, hasta ser vertiginosa,
mientras la pareja lleva un movimiento de avance hacia la izquierda del hombre,
siguiendo el acentuado ritmo musical.
A mi manera de ver, esta primera parte simula una invitación por parte
de la mujer que es despreciada por el hombre, que se divierte con los requiebros
amorosos de ella, para seguir (con la 2ª parte) una discreta huida y su
persecución sin ser correspondida.
Cuando se baila con movimientos perfectamente sincronizados, acoplamiento en los giros y completamente de puntillas sin dar a los pies ni el más leve reposo, resulta de una belleza plástica indudable. Así lo hacían parejas consagradas durante toda su vida como Rosario (la boticaria) y Vicente García, Sabrina París y Cayo Paredes... que fueron modelo para principiantes. Esta joya única de nuestro folklore se hubiera perdido sino hubiera sido por la tenacidad y sentido artístico de nuestro boticario D. Julio Ibáñez. Cuando este señor llegó a Frechilla se había perdido la 1ª parte, sólo se tocaba el estribillo. Se le ocurrió preguntar a los más ancianos del pueblo, y alguno con buena memoria le tarareó la tan ansiada 1ª parte.
La Redondilla se ha hecho imprescindible, como broche de oro, para rematar todas las fiestas que se celebran en el pueblo. Es tal la afición por este baile que a veces ha durado más de una hora, hasta la extenuación de los tocadores y bailadores, pues se prepara como una lucha entre unos y otros, para ver quien resiste más, si los músicos tocando o los danzantes bailando- Recuerdo que a veces los bailadores sudan y se sacan el faldón de la camisa, que es lo único que les mitiga el calor.
Hace unos años, el grupo de danzas con el que contaba Frechilla (todos hijos del pueblo), estaba formado por nueve parejas como se puede ver en la fotografía, siendo el alcalde Esteban López, de grata memoria para los vecinos. Fueron a debutar con muchísima ilusión a Madrid, Simancas, Palencia, Villada, Paredes... siendo muy bien recibidos y aplaudidos en todos los sitios.
Hasta hace unos años este baile estaba reservado exclusivamente para los días de las Fiestas Patronales, pero ahora por gentileza de los hermanos López Ibáñez y Ángel Nicolás podemos disfrutar con la música de dulzaina en todos los acontecimientos que se programan a lo largo del año, como la verbena de San Juan que se celebra desde hace unos años en el Barrio del Castro (Calles San Juan y Mantería), a la cual se invita a todos los vecinos. Muchos de nuestros mayores recordarán al "tío" Saturio, pues bien, desde que murió este señor no se celebraba dicha verbena.
Escrito por Dña. Nila Alonso Emperador
En los azarosos años del Siglo XII, allá por el año 1135, en los últimos días del mes de Mayo, cuando anochecía, los alguaciles que vigilaban la entrada de la muralla se sorprendieron al ver un personaje un tanto raro, que parecía un humilde peregrino, vestido de áspero sayal con un bordón y una calabaza. Dicho peregrino entró en el recinto amurallado. Apenas si se veía, pues el sol se había puesto, y era la hora nocturna en la que los corchetes salían a trancar las puertas y velar por los vecinos.
El forastero parecía que ya había estado allí antes, ya que sin titubeos anduvo por la Calle del Castro, que estaba alfombrada de polvo tamizado por el paso de carros y caballerías. Pidió limosna. En la mayoría de las casas le despedías sin darle ni un ochavo, con el consabido: “Dios le ampare hermano”, que estaba muy en moda en aquellos tiempos. Golpeó con su báculo a la puerta de una pequeña casa suplicando asilo para pasar la noche. Cautivó el peregrino a los dueños de dicha casa, a pesar de estar lleno de polvo y sudor, y le invitaron a compartir con ellos su escasa cena.
Aunque no le pidieron el carnet de identidad él se identificó como Juan, ermitaño de Urtica, que habiendo las órdenes sagrados, por causa de la guerra, decidió visitar Jerusalén en larga peregrinación. Al regresar a España naufragó la embarcación salvándose milagrosamente del naufragio, pues dice que se encomendó a San Nicolás de Bari. Llegado en nuestra Patria con licencia del rey Alfonso VII, se establecía en los montes de Urtica, cerca de Burgos levantando allí una emita. Con tanta conversación la velada fue larga. La curiosidad de aquella familia por conocer algo de los Santos Lugares quedó satisfecha.
Llegado el momento del descanso nocturno, no teniendo una habitación vacía le mandaron a dormir a un cuarto en la parte de arriba donde guardaban el vino de la cosecha.
Toda la familia sufrió gran disgusto, pues eran muy pobres. Juan con santos consejos hizo que cambiaran la desesperación en conformidad y confiando en la Divina Providencia por mediación de San Nicolás.
A la mañana siguiente los vecinos desbordados de alegría decían en castellano antiguo: “¡Válame Dios e Santa María!, ¡Qué milagro tamaño!”. Sucedió que los aljibes aparecieron de forma misteriosa llenos de un vino superior. Pasaron varios días, sin saber nada el ermitaño, hasta que unos campesinos de un poblado llamado Arenillas encontraron el cuerpo sin vida de un hombre vestido de estameña con una sonrisa en sus labios a los que dieron cristiana sepultura. Aquellas gentes pensaron que sería un peregrino que se desvió del Camino de Santiago.
En Frechilla hubo una ermita dedicada a San Nicolás, frente a la de la Virgen de Coso. Se supone que fue edificada en memoria de San Juan de Ortega por el hecho tan prodigioso del vino.
Esta tradición duró unos ocho siglos. El "tío" Saturio fue el último organizador de las novenas, ya que murió hace unos años. Este señor aseguraba que fue en su casa donde sus antepasados hospedaron al santo.
En sus últimos años, Saturio pintaba con cal una silueta humana, que se supone que era San Juan, tocaba un organillo que sustituía a las dulzainas, acordeones, panderetas y almireces. Los habitantes del pueblo bailaban alrededor de una hoguera que se hacía para alumbrar la noche durante la fiesta.
Según me lo contaron, así se lo cuento yo.
Anónimo
Hace dos siglos desapareció, según contaban nuestros mayores, un poblado entre los términos municipales de Frechilla y Fuentes de Nava. Esta desaparición fue debida a una epidemia. Tenía por nombre Pozuelos. Estas gentes se establecieron allí por comodidad para las labores agrícolas, pues distaba bastante de ambos pueblos. Yo le imagino un poco mayor que un caserío, con unas casuchas de adobe alrededor de una pequeña iglesia de tapial con una espadaña.
Con el discurrir de los años todo esto quedó soterrado hasta que la reja de un arado removió la tierra y salieron a la luz restos humanos, donde sin duda estuvo el cementerio. También se encontraron utensilios para el servicio de sus habitantes.
Antepasados nuestros contaban que hace dos siglos hubo una pertinaz sequía, agotándose los manantiales. Las cosechas fueron nulas, lo que les llevó a la miseria, y por tanto al hambre. Entonces se desató una epidemia terrible, que la ciencia médica de aquel tiempo no supo combatir, falleciendo todos sus vecinos. Desde Frechilla se oía diariamente el tañido a difuntos de sus campanas. En realidad no existían los médicos propiamente dichos, sino los llamados “sanadores” que tenían algún conocimiento sobre cataplasmas, ungüentos, sanguijuelas, cocimientos de hierbas, pero que en esta ocasión no surtieron efecto curativo alguno.
En Frechilla tuvieron mucho miedo al viento del noreste, aquí llamado “cierzo”, porque nos traería rápidamente las bacterias de esa terrible enfermedad.
Se tomaron muchas precauciones cerrando a cal y canto puertas y ventanas. Seguramente pensaron que es mejor prevenir que curar.
Como estamos inclinados a pensar mal, pues pensaron en una maldición ya que creían en brujas, maleficios etc., así que a los pocos viajeros que transitaban por esos caminos rodeaban buscando otros derroteros alejados lo más posible del foco de la infección.
La leyenda sigue diciendo que un buen día llegó a nuestro pueblo, por el camino “Carrapalencia”, una anciana que llevaba por la cabeza una tela negra de estameña, blusa del mismo color, un manteo rojo con ribete y dibujo en verde, descalza y apoyada en un palo. Estaba muy encorvada, la barbilla hacia aririba en punta, los ojos hundidos representaba la cara a la media luna, y su figura de muerte andando. Se desplazó hasta aquí con mucho trabajo para pedir por caridad que se le diese asilo, pero nadie quiso oírla.
El Sr. Corregidor, en interés por la salud pública ordenó su confinamiento en cuarentena en el lazareto que existía a la orilla del río Vaddeginate, y que hemos visto todos, pero con el nombre de hospital, entre el pueblo y la ermita de San Miguel. Pero esta señora, que lo que más quería era cariño, desapareció misteriosamente.
Sigue la leyenda sus pasos, y refiere que se refugió en Fuentes de Nava, allí encontró lo que aquí le negaron, y que el resultado fue que el pago de Pozuelos pertenezca a Fuentes, ya que esta desventurada señora lo dejó al Ayuntamiento de dicho pueblo por legado de palabra.
Allá por los años 50, en este término municipal, a un pastorcillo de Fuentes se le apareció S. Severo. Esto llegó a tal extremo que medio vecindario de Frechilla se puso en movimiento. Se informaron previamente del día y hora en que sucedería otra aparición, El día señalado salió al anochecer una comitiva por el camino “Carrapalencia”, unos a pie y otros a caballo. Llegados al lugar de las supuestas apariciones, la desilusión fue enorme, pues no sólo no se apareció dicho santo, sino que el zagal brilló por su ausencia.
Dña. Nila Alonso
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