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Devoción a San Juan de Ortega PDF Imprimir E-mail
Folclore - Devoción



En los azarosos años del siglo XII, allá por el año 1135, en los últimos días del mes de mayo, cuando anochecía, los alguaciles que vigilaban la entrada de la muralla se sorprendieron al ver un personaje un tanto raro, que parecía un humilde peregrino, vestido de áspero sayal con un bordón y una calabaza. Dicho peregrino entró en el recinto amurallado. Apenas si se veía, pues el sol se había puesto, y era la hora nocturna en la que los corchetes salían a trancar las puertas y velar por los vecinos.

El forastero parecía que ya había estado allí antes, ya que sin titubeos anduvo por la Calle del Castro, que estaba alfombrada de polvo tamizado por el paso de carros y caballerías. Pidió limosna. En la mayoría de las casas le despedías sin darle ni un ochavo, con el consabido: “Dios le ampare hermano”, que estaba muy en moda en aquellos tiempos. Golpeó con su báculo a la puerta de una pequeña casa suplicando asilo para pasar la noche. Cautivó el peregrino a los dueños de dicha casa, a pesar de estar lleno de polvo y sudor, y le invitaron a compartir con ellos su escasa cena.

Aunque no le pidieron el carnet de identidad él se identificó como Juan, ermitaño de Urtica, que habiendo las órdenes sagrados, por causa de la guerra, decidió visitar Jerusalén en larga peregrinación. Al regresar a España naufragó la embarcación salvándose milagrosamente del naufragio, pues dice que se encomendó a San Nicolás de Bari. Llegado en nuestra Patria con licencia del rey Alfonso VII, se establecía en los montes de Urtica, cerca de Burgos levantando allí una emita. Con tanta conversación la velada fue larga. La curiosidad de aquella familia por conocer algo de los Santos Lugares quedó satisfecha.

Llegado el momento del descanso nocturno, no teniendo una habitación vacía le mandaron a dormir a un cuarto en la parte de arriba donde guardaban el vino de la cosecha. Toda la familia sufrió gran disgusto, pues eran muy pobres. Juan con santos consejos hizo que cambiaran la desesperación en conformidad y confiando en la Divina Providencia por mediación de San Nicolás.

A la mañana siguiente los vecinos desbordados de alegría decían en castellano antiguo: “¡Válame Dios e Santa María!, ¡Qué milagro tamaño!”. Sucedió que los aljibes aparecieron de forma misteriosa llenos de un vino superior. Pasaron varios días, sin saber nada el ermitaño, hasta que unos campesinos de un poblado llamado Arenillas encontraron el cuerpo sin vida de un hombre vestido de estameña con una sonrisa en sus labios a los que dieron cristiana sepultura. Aquellas gentes pensaron que sería un peregrino que se desvió del Camino de Santiago.

En Frechilla hubo una ermita dedicada a San Nicolás, frente a la de la Virgen de Coso. Se supone que fue edificada en memoria de San Juan de Ortega por el hecho tan prodigioso del vino. Esta tradición duró unos ocho siglos. El "tío" Saturio fue el último organizador de las novenas, ya que murió hace unos años. Este señor aseguraba que fue en su casa donde sus antepasados hospedaron al santo.

En sus últimos años, Saturio pintaba con cal una silueta humana, que se supone que era San Juan, tocaba un organillo que sustituía a las dulzainas, acordeones, panderetas y almireces. Los habitantes del pueblo bailaban alrededor de una hoguera que se hacía para alumbrar la noche durante la fiesta.

Según me lo contaron, así se lo cuento yo.

Anónimo

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Última actualización el Domingo, 09 de Agosto de 2009 01:16
 

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